lunes 29 de junio de 2009

La gripe A

La señora terminó hablando de la muerte, se fue por ese pasillo largo donde al final hay una luz blanca y potente y flores amarillas que vuelan. Se fue con los ojos llorosos, recordando. Yo sólo le dije un poco de manera sarcástica: “qué día bonito, no?”, porque era un día gris y lluvioso, deprimente, y luego le dije: “y aparte, la paranoia con lo de la gripe A, verdad.” Pero ella tal vez tenía predeterminada la ilusión de irse a recorrer con la palabra ese pasillo largo que no veía desde la operación quirúrgica de hace seis años y el estado producido por los sedantes. Me relató su experiencia cercana con la muerte. La señora nunca había tenido tanto miedo con una situación de enfermedad de contagio como la de la gripe A. Una de sus hijas está embarazada y ella le dice que por favor no salga de su casa. La otra tiene problemas respiratorios y todos los día va y viene de capital atravesando ese criadero de bacterias que se juntan en el tren a las horas pico. Antes de salir de casa esta mañana, sin querer, prendí el televisor y eran como tres, los reporteros, hablando como loros sobre la gripe A, diciendo que para estar informados sobre el tema y conocer las medidas de prevención entráramos a la página tomáloconcalma.com y que ahora está muriendo gente joven y saludable. Estudiantes de la facultad, gente joven y saludable, están muriendo, dijeron ellos y yo apagué el televisor, me lavé las manos con alcohol, salí a la calle y justo ahí me encuentro a la señora.

jueves 18 de junio de 2009

LA CHICA DEL FURGON

Estábamos en el furgón del tren a Tigre y en la segunda parada, en Belgrano, subió ella con su bici. En el furgón éramos como diez con nuestras bicis. La mía es una playerita azul, vieja y sucia, muy usada y maltratada. La de ella era una todo terreno, blanca, con unas súper ruedas. Cómo me carcomía la envidia. Yo me le quedé mirando un rato, pero no tanto por la bici sino porque ella me parecía hermosa, pero visiblemente enojada con la vida. Era flaquita, atlética, alta, con una piel lozana, morocha, con el pelo corto y atado. Cuando subió al tren venía escuchando música de su ipod, o de uno trucho, no sé, no era una niña bien. Ella irrumpió en el furgón con su bicicleta para acomodarla donde quería. Me dijo, “bajás en la próxima? ”,“no”, le dije, y pasó detrás de mí y del otro, hasta que llegó al lugar que buscaba. Ahí se apoyaron la bici y ella contra la pared. Escuchando la musiquita se puso a revisar su celular y de pronto, leyendo un mensaje de texto, le salió una sonrisa, se chupó el labio de abajo, se lo apretaba con los dientes y se quedó un ratito contenida en ese gesto. Seguro era el chico que le gusta, le envió un mensajito importante y ella se puso re contenta, no lo pudo evitar.

miércoles 17 de junio de 2009

EL REPOSITOR

Ahora estoy en Once. Hace mucho frío estos días, pero por suerte hay calefactor en el departamento donde me tocó vivir. Hay cocina, lavadora, balcón. Tuve suerte. El día que llegué tiré borra de café por una pileta de lavar y se tapó hasta el tope. Fui al supermercado chino que queda en esta misma cuadra a comprar un destapador para enmendar el daño. Uno de los repositores me atendió, me preguntó qué buscaba, le dije que un destapador y se mostró muy dispuesto a ayudarme. Se puso a buscar el destapador pero no encontraba ninguno. Le dije que estaba todo bien, que no se preocupara y él me miró fijamente, extendió los brazos hacia mi y me dijo que por favor le dejara buscar bien. Se tiró al piso y revisó debajo de los estantes, por cada hueco que había, entre las escobas, esponjas, cepillos, pero no dió con el destapador. Se levantó del piso y parecía cansado, más bien, defraudado consigo mismo. Me miró fijamente denuevo, parecía que podía llorar en cualquier momento, extendió los brazos otra vez, me pidió perdón por no haber encontrado el destapador y dejó caer los brazos.
El día después encontré el destapador que buscaba en la ferretería, pero tenía que volver al supermercado y fui con el destapador en la mano. Yo iba caminando entremedio de unos estantes en dirección al fiambre y sentía detrás de mí las ruedas de un carro que venía a toda velocidad y que pudiera atropellarme. Me viré, era él, el repositor. Como yo tenía el destapador en la mano, le dije con alegría “mirá, encontré el destapador”. El no me dijo nada sobre eso, se me acercó, me dio un beso, se quedó un momento ahí cerca de mi cara y mi pelo y me preguntó qué shampoo uso. Me mencionó una marca de shampoo a ver si atinaba, de esas marcas que él repone en las estanterías. “No, yo uso otro shampoo” le dije y se fue con el carrito donde llevaba la mercadería, medio bajoneado.

domingo 15 de marzo de 2009

La Boca se abre un domingo.
Nada como un domingo en La Boca.
Nada el domingo por La Boca
que se abre.
Nada como gritar un gol de River en el balcón de La Boca
o ir a la cancha con el santafesino, un domingo
La Vuelta de Rocha
Ribera del Sur
Torbellino de amor, que me arrastra a tu vida.
Allanaron en lo de Amanda y encontraron cantidad de drogas duras
mientras el misionero toma mate tranquilamente
y los pibes pintan un mural que todavía parece indescrifrable.
3-0
Me gusta llegar, sí, y estar realmente sola
Me hacés quedar mal, River.
La puta madre, loco!
El mural es como una construcción humana levantándose
o una infraestructura humana, desde abajo, de a poco, construyéndose.
Hugo no se entera, re tranquilo, con su mate, como si nada.
Como si le pareciera bien estar parado 18 horas al día, en el mismo lugar, a cambio de un salario de mierda.
El torbellino me pareció peruano, cuando pasaba.
El amor es mío, afilado como el cuchillo del carnicero de enfrente

sábado 7 de marzo de 2009

A veces le doy gracias a dios, bajito, en mi mente
luego me escucho, sorprendida, dándole gracias a dios
Como cuando en la cama, bajita yo, le daba las gracias después de contarle todo mi día en la escuela
Y la pelea con Milagros, apretándole fuerte los cachetes hasta que se le pusieron como dos tomates
Ahí le pedí perdón.

El muchacho de la librería

El muchacho de la librería tiene un cuerpo escultural
Cuando se baja para acomodar los libros en la hilera de poesía
pueden verse, seductoras, las venas que se entrecruzan, vibrantes, en su antebrazo derecho
A veces se queda distraído en la misma posición, con la Lispector, por ejemplo
y se le tensa la cara, se le ve pensativo, emocionado, tan terriblemente sexy.

Me gusta más sin gafas
Me gusta al sol, pero también en la oscuridad del sótano de la librería
Lo imagino, distraído conmigo, levantándome por la cola con la fuerza de sus brazos
poniéndome contra el anaquel donde figura la narrativa argentina contemporánea
metiendo su cabeza por mi cuello, buscando comprenderme con lengua y besos y caricias
Mientras sus manos van por todas partes, deteniéndose en los puntos reflexivos, profundizando cada vez
Atendiéndome a mi de punta a punta
que no traigo plata ni preguntas
pero una lectura interesante.

jueves 5 de marzo de 2009

739

La cocina al final de la casa, metida en cuatro lozas, estufa de gas, fósforos, teteras.
Milanezas precocinadas dentro de la heladera, asado, quesos, una botella de vino a la mitad.
Al baño lo separa de la cocina una pared, ducha sin bañera, agua caliente y fría.

Alicia tiende su ropa de los cordones que van de un extremo al otro del pasillo; su bata, sus medias, sus bombachas, su delantal, sus pequeñas y gastadas antiguedades.
Tiene la cara iluminada, la misma luz natural inmersa en el largo pasillo, le da vida a las plantas, seca la ropa e ilumina las caras.
Le faltan dos dientes a Alicia, se nota cuando sonríe, cuando investiga:
"Anoche no te oí llegar, llegaste tarde?"

Siempre hay ruido en la cocina del apartamento del piso de arriba, tenedores martillando los platos.
Una tetera roja cuelga entremedio de las ventanas. Todo se ve claramente.
Hay demasiadas puertas, escalones y voces y llaves en el edificio.
Las cosas se invaden recíprocamente, los pisos, los perros, los tanos, una música santafesina.

Rocío, la hija de Alicia, seria, ensimismada, pregunta cómo van mis cosas.
Bien, sonrío.
Muevo el arroz en la cacerola.
Bien, van bien.
Me quita la mirada de encima y recoge con una pala la mierda del perro.

EL DEPARTAMENTO DE UN ESCRITOR

Los largos segundos que tarda el ascensor en llegar al piso 20 constituyen un momento en sí mismo, digo, con las condiciones de producción necesarias para instalarse en la memoria como un momento constitutivo de la experiencia. Estar a punto de llegar a la casa de un escritor, en el piso 5, el 6, guarda una relación ascendente con las preguntas que se van generando mientras estamos más y más arriba. Voy a eliminar desde este punto el plural y la tercera persona. Soy yo quien subo el ascensor y me dirigo a la casa del escritor. Tipo de preguntas que se generan en mi mente: en función de qué visito al escritor en su propio departamento. Pero cada vez estoy más cerca y lo inmediato no es intentar darle respuesta a ese tipo de pregunta inabordable, sino arreglarme un poco frente a los espejos que dimensionan todos los ángulos de mis características físicas.

Me puse una pollera re cortita para verlo. Se va a morir cuando me vea. El es escritor y vive de eso. Yo trabajo de camarera en un restaurante en Palermo, pero además soy estudiante, solo que no me gano la vida como estudiante. Mi trabajo consiste de servir mesas y buscar noche a noche las estrategias para relacionarme verbalmente con analfabetas, por un lado, y aspirantes a camareros profesionales, por el otro. También, a veces intento no relacionarme en absoluto con nadie sin que esto produzca un ambiente de roces intolerable. Cuento un poco para que tengan una idea de qué se trata mi presente ya que de pronto me arrancan las ganas de que esto sea como una conversación de tú a tú. En el restaurante, las veces que hago doble turno, tenemos que estar listos a las 11am. Muchas veces se me olvida planchar mi camisa, se me olvida lavarla también. Cuando eso sucede voy corriendo al sótano donde está toda la mercadería para planchar un poco mi camisa blanca de botones con look de oficinista boba de los 90’. En el sótano hay una plancha disponible para los empleados que viven la mayor parte de su tiempo en el restaurante, por eso de los dobles turnos y de un sólo franco semanal. Yo, en comparación con los demás empleados, trabajo poco, gasto poco y me quejo muchísimo siempre. A veces la encargada nos castiga. Luego de terminado nuestro turno, por alguna molestia sintomática de su mal desarrollado carácter, nos castiga impidiendo que salgamos del lugar hasta que a ella se le pase el mal humor. He intentado abordar mediante el diálogo el tema de las medidas impositivas que rigen el funcionamiento estructural del restaurante, pero ante mis demandas y mi posicionamiento como sujeto pensante ella, la pibita de 23 años con cargo de encargada, la culicagada esa, me mira con cara de culo y me dice que si me quiero ir que me vaya. El, sin embargo, es escritor y vive de eso.

Cuando voy camino a su casa, cada vez más cerca de que me reciba en la puerta de su departamento en Puerto Madero, me asaltan una cantidad de preguntas anti afectivas hacia mi, que dejo circulando porque hago otras cosas en esos momentos como tocarme las piernas para sentirlas suaves y acomodarme el pelo para verme bonita. Dan ganas de comerlo a besos, de quedarme encerrada, no en el ascensor sino en su departamento, contra los azulejos de la pared del baño, sujetada por sus manos en mi cintura. De niña comencé escribiendo poesías patrióticas, de amor, de sexo y de muerte, lo usual. Ahora prefiero exclusivamente el sexo y la muerte.

Instalada en ese intersticio que sube hacia el piso 20 me arreglo un poco, sólo para evitar encontrarlo a él con la cara que traigo del mundo de afuera. Anoche, Leo, un compañero del trabajo, ayudante de cocina o algo así, me preguntó si estaba cansada, porque al terminar el turno me senté en el escalón del baño de mujeres con la frente pegada a las rodillas y las manos bordeando la cabeza. Yo, por contestarle algo le dije que sí, que sí estaba cansada. Lo que no le dije es que estaba cansada de trabajar en esa mierda de restaurante, haciendo ese tipo de tareas inútiles, llevando a cabo una existencia indefinida. Leo me recriminó que estuviera cansada y me dijo que él conocía a alguien que me podía dar un trabajo de oficinista. Pensé espetarle en el cuello la cuchillita del abridor de vino, pero no lo hice.

Hay veces que me dan ganas de quedarme a escuchar lo que hablan en alguna mesa. Los sábados al mediodía vienen siempre un grupo de cinco viejos nacidos , criados y esperando la muerte con alegría y con toda la plata en el barrio de Palermo. Se chupan cuatro y cinco botellas de vino en la tarde, casi una por cabeza, se comen un sabroso guiso y cada uno plantea al resto su reflexión política sobre la situación actual del país. Son viejos muy amables que han atravezado gran parte de la historia argentina de crisis y dictaduras del siglo XX y lo que va del XXI con la satisfacción en las manos de haber sido bien atendidos en los restaurantes frecuentados. El más viejo de todos, cada vez que va, me pide un imán para la heladera donde sale bien bonito impreso el nombre del lugar con el teléfono, para dárselo a alguien de su extendida familia. Yo le sonrío muy amablemente y le digo que se lo alcanzo ya, por no decirle: viejo, no prefiere que le meta todos los imanes por el orto de una vez?

Pero aparte de viejos solos y en grupo y viejas con viejos el restaurante se llena de familias con papá, mamá, hijo uno, hijo dos, hijo tres, y a veces se juntan dos familias en una. Me produce mucha ansiedad esta última escena, la de las dos familias que se juntan para comer y compartir un rato en el restaurante. Yo siempre veo cosas extrañas como que papá de la familia del grupo dos, por ejemplo, está rescostado contra la pared, aburridísimo toda la tarde, sin darle pelota en lo absoluto a la mamá que le corresponde a ese mismo grupo pero mirando de reojo a mamá del primer grupo, que es notablemente un encanto y unos años más joven. Mientras, papá del primer grupo me mira a mí sin disimulo y yo, al sentirme un poco aturdida por la situación, agarro y le hago gracia a los chicos pero ellos me devuelven un gesto hostil aprendido mediante prácticas de enseñanza intra familiares y me dan ganas de mandar a los pibitos a la concha de su madre pero mamá del grupo dos me está mirando.

Una vez leí un texto titulado Los Empleados, donde el autor se metía etnográficamente en ese mundo oscuro de los empleados de oficina y de la ciudad de principios del siglo XX, produciendo un análisis ejemplar sobre las características de esta nueva categoría de trabajadores, en base a teorías sobre los modos de cosificación de la conciencia. Creo que al autor le preocupaba saber cómo esta masa de gente le daba sentido a sus vidas. A mí se me quedó en la cabeza una imagen descrita en este libro, que el autor introduce como efecto de una comparación entre las formas de trabajo en las oficinas y de las fábricas en el periodo de desarrollo industrial, que cuenta que, ante la falta de estímulo sobre la actividad del pensamiento en los espacios de trabajo constituidos bajo la lógica del sistema de producción capitalista, los empleados varones empleaban su energía mental en una serie de cosas insignificantes que no recuerdo, y las mujeres, por su parte, soñaban con sus príncipes de las novelas rosas, mientras la máquina corría incesante. A mí me pasa algo parecido, mientras sirvo un vino o fagino los cubiertos, pienso en lo que hicimos con el escritor la última vez que nos vimos y en lo que quiero que hagamos la próxima vez que visite su departamento.

FIN DE SEMANA, DOBLE TURNO

Ese viernes a la noche que iba a trabajar al restaurante comenzaba un fin de semana maratónico compuesto de cinco turnos corridos y prolongados hasta el domingo casi de madrugada. Si hay procesos de destrucción sicológica que operen con el fin de someter a grandes cantidades de trabajadores a un estado masivo de despersonalización, estarían insertos, sin duda, en esa modalidad horaria llamada doble turno. La cosa es que ese viernes iba con mi camisa del trabajo más estrujada que nunca y llegué unos minutos antes para tener tiempo de plancharla. Entré al restaurante y fui directo al sótano. Puse un mantel en una mesa (porque he visto que la gente hace eso cuando plancha) luego puse la camisa sobre el mantel y prendí la plancha. Como rápido la sentí caliente la agarré, y tan sólo de colocarla sobre la camisa, en menos de un segundo, el calor había hecho un agujero con la misma forma y tamaño de la plancha en mi camisa blanca del trabajo. Para recomponer la situación me dieron una camisa de manga larga con cuadritos negros y verdes, abotonada hasta el cuello, propiedad de uno de los compañeros de trabajo que ese día tenía franco pero que había dejado la camisa colgando de un estante del cuarto privado donde se cambian de ropa los empleados y se acumulan los más desagradable olores, mezcla de comida con sudor y perfume, medias, zapatillas. Me veía horrible, como un hombresito incómodo con su sexualidad. Nada que le pueda calar más hondo a mi autoestima.

10pm: Se llenó hasta las manos el restaurante. En medio del ajetreo voy a buscar pan para una de las mesas, de ese que se pone siempre antes de la comida y que la gente pide aunque no lo toque porque es como ese algo imprescindible en la cultura del restaurante. Voy a buscar y no hay, le pregunto a Leo, mi compañero de trabajo que es ayudante de cocina o algo así, en cuánto tiempo va a estar listo el pan que se está horneando. Leo trepa los hombros, me hace una mueca extraña con la boca y me dice “no sé”. Yo le contesto “cómo no vas a saber, si vos estás en la cocina se supone que sepas eso”. Leo, que mide aproximadamente el doble de mi cuerpo hacia lo alto y mucho más hacia lo ancho, me miró desencajado, con unas ganas de matarme muy genuinas, como si el comentario hubiera disparado contra la multitud de fantasmas que invadieron su historia de vida. Me imaginé a Leo de niño (necesité mucha imaginación para reducir semejante mounstro a una criatura) en un rincón de la casa, solo, llorando. Traté toda la noche de provocarle una sonrisa. A pesar de todo hay algo en Leo que a mi me gusta un poco, no sé si es algo que se le escapa en la mirada.

El sábado en la noche ya comenzaba a sentir el efecto devastador del doble turno. Quiero ser contundente, es la cuestión del doble turno en un trabajo de mierda de lo que hablo, o lo que vomito. Yo debo ser un caso excepcional, mis compañeros de trabajo, en general, se sienten a gusto ahí metidos, es como un segundo hogar, o probablemente, y en algunos casos, el primero. Sobretodo para la encargada, a esa minita realmente le apasiona su trabajo por más automático que pueda ser en ocaciones, ella le pone onda y a la vez, muy suspicázmente lo tiene todo bajo control, inclusive el ánimo de los empleados y el ambiente que se respira. En un momento dado me acerqué a la caja a pedirle una cuenta y ella estaba al teléfono tomando un pedido de delivery, a su lado estaba otro empleado haciendo lo mismo, pero era exactamente lo mismo. Me desconcertaba la cacofonía que producía esta escena. Ella le preguntaba al cliente “con cuánto va a abonar?” y cuando justo completaba la frase se escuchaba al otro empleado, con menos emoción y rapidez, terminando su frase en “nar”. Y así, colgaban y levantaban el teléfono de vuelta. Creo que son como cinco preguntas y cuatro aclaraciones fijas que se hacen a todos los clientes en los pedidos de delivery.

Un grupo de diez personas festejaba un cumpleaños esa noche. A Carlos le tocó atender esa reserva. La noche del viernes Carlos se había ido con los chicos de la cocina a tomarse una cervezas luego de terminado el turno, me dijo que nunca llegó a su casa y que, por lo tanto, no había dormido nada en absoluto porque la mañana del sábado también le tocaba nuevamente hacer doble turno. El doble turno consiste de cinco horas durante el día, dos horas de descanso y luego seis horas en la noche. Pero en ese intérvalo de descanso, sin haber dormido aún, Carlos se juntó con otra de las camareras en la cocina y se bajaron varios litros de cervezas. La diferencia es que Carlos tenía que seguir trabajando en la noche y ella no. Como la otra camarera es nueva y parece que quiere hacer amistad con sus compañeros de trabajo, que envisten las posibilidades de socialización en su nuevo mundo referencial, le contaba a Carlos cosas de su vida. Ella se llama Josefina, me gusta su nombre. Mientras yo dejaba algunos platos sucios en la bacha, para salir corriendo del restaurante lo antes posible a sentir un poco los rayos del sol sobre mi cara, ella le contaba a Carlos sobre su pareja. Parece que al tipo le agarró una depresión crónica y perdió su trabajo. Le contaba a Carlos que todas las mañanas le lleva el diario para que vea los clasificados, pero que lo peor no es que él no tenga trabajo. “Lo peor es ver a un flaco tirado en una cama, si fuera una mina se entiende, pero un flaco” decía Jose. Se fue dando tumbos a su casa.

A Carlos se le arrastraba la voz en la noche y tenía los ojos rojos. Otro de los camareros me contó que hacía poco tiempo Carlos se había divorciado y que la mujer se quedó con la verdulería que tenían juntos. Cuando el grupo de las diez personas cantaban cumpleaños feliz yo me entusiasmé un poco y quise saber a quién homenajeaban. Era una señora arrugada hasta el tuétano, viejísima, pero se la veía radiante. Cuando se estaban retirando me acerqué a ella y le dije “Feliz cumpleaños, señora”, ella me agradeció y con sus regalos en las manos y una sonrisa amplia me dijo “no todos los días se cumplen 81 años, querida”. Me dio mucha pena que Carlos, con sus pocas ganas de vivir, hubiera atendido su mesa. Pensé que ella no merecía eso.

LA FIESTA


Ahora me pongo una remera negra bien apretadita para trabajar y me siento mejor así. Pasan chicos muy lindos por Palermo, de esos con estilo y medianamente interesantes. Como el restaurante está rodeado de vidrieras de cristal se ve todo para afuera. A veces algún bomboncito se me queda mirando y yo, como no tengo tiempo que perder, le tiro una guiñada con una media sonrisa y pienso que, a pesar de todo, estoy viva. El viernes, cuando saliera del laburo, me iba a encontrar con unos compañeros de la facultad en una fiesta. Me gustaba la idea de perder un tiempo las restricciones mentales y se me ocurrió que, como ando melancólica estos días, me podía hacer bien escuchar del tipo de música que en mí produce el efecto de un puñal espetado hasta lo más profundo, como algún tema de Los Redondos y después arrematar con uno romántico de Gilda, como ese que dice que se le perdió un corazón. Yo tenía que ir a esa fiesta aunque el otro día me tocara levantarme temprano para hacerle frente al doble turno del sábado.

Cuando llegué al restaurante esa noche vi que algo estaba derramado en el piso del salón y fui a buscar un trapo para baldearlo, pero un encargado me paró en el acto y me dijo: “no, vos no hagás eso, para qué están sino los animales estos” y se refería a los empleados de la cocina, pero ellos parece que se entienden entre sí. Eran las siete de la noche y estábamos abriendo el restaurante. Antes de que empiece a llegar la gente los empleados tenemos que organizar las diferentes áreas para que nada falte durante la noche. Yo estaba acomodando los sobresitos de azúcar que acompañan al café y me fijé que a la empresa que diseña y hace esas envolturas le dio con poner mensajitos curiosos e introspectivos en la parte de atrás del sobresito, como para amenizar la cena. No hay más que pedir un café para darle un giro sorpresivo a la monotonía de la noche. A mí los sobresitos me incitaron al juego, porque hay cosas que me agravan el infantilismo, y yo misma cerré los ojos para agarrar uno con la certeza de que el mensaje iba dirigido exclusivamente a mi persona y que provenía de los misterios reveladores del azar. El mensajito impreso leía así “Las cosas no valen por el tiempo que duran, sino por las huellas que dejan.¨ Me reí sola, sin duda iba dirigido a mí.

Como estábamos bastante aburridos porque era temprano aún y no llegaba gente, uno de los camareros y yo nos pusimos a hablar, casi a escondidas porque si la encargada nos agarra hablando nos llama por nuestro nombre, nos grita por nuestro nombre con la voz densa y el énfasis autoritario que le pone ella y eso basta para que a uno se le quiten las ganas de seguir viviendo. Agustín me contaba que la novia, que vive con él, se va de viaje durante un mes y que él está loco porque se vaya. Para esa misma noche de su partida ya tiene planeada una fiesta en el departamento con un montón de mujeres y amigos. Según él, para esa fiesta va todo el mundo. Lo que pasa es que ya lleva mucho tiempo conviviendo con su novia y está cansado. Agustín dice que de día no hace nada porque su novia está en la casa, pero que cuando regresa del trabajo en la madrugada, como ella está durmiendo, le da con hacer muchas cosas: se compra dos litros de cerveza en el kiosko, se fuma un porro así de grande, prende la televisión y se pone a jugar pócker en la computadora. “A veces hasta me da con escribir algo. En el día no hago nada, pero me encanta la noche” me dijo Agustín.

Luego de un rato el restaurante se llenó de familias con niños pequeños. Como hay un área de juegos para los chicos, con una pizarrita, tizas y juguetitos sueltos, algunos niños se entusiasman más de la cuenta y como pasó esa noche, dos hermanitos expandieron los límites de esa área y no se cansaron de revolotear por todo el restaurante y a veces me tropezaba con ellos, entre las idas y venidas, y no me quedaba otra que decirle a uno de los hermanitos: “chiquito, porqué no vas donde mamá?” y le acariciaba el pelo.

Hasta la niña de Carlos fue ese día al restaurante, a él se le veía preocupado pero ni le pregunté si le pasaba algo porque siempre tiene esa actitud de inadaptado social que no da para preguntarle nada. Entre los camareros hay códigos, uno de ellos es decir “estoy atrás” que es una manera de prevenir que el otro sea atropellado por una bandeja llena de copas y platos. A mi eso de que me digan “estoy atrás” me hace mucho ruido y he optado por no incorporar la frase, aparte porque me revienta la muletilla. Carlos siempre está atrás, así esté a metros de distancia se acerca con velocidad y con furia gritando “estoy atrás, estoy atrás” y casi es lo único que apalabra, esas ganas que tiene de estar atrás. “Pará un toque (pelotudo)”. Lo de pelotudo lo omito aunque siempre está presente en mi pensamiento. Pero la niña de Carlos llegó a visitarlo porque salía del hospital donde la tuvieron esperando cinco horas y a él le cobraron un ojo de la cara y dijo que lo de plata no importaba porque por Yamila hace cualquier cosa. Su niña tenía un cachete muy hinchado y estaba pegadita al piso con su pelito largo y descuidado hasta la cintura. Cuando se despidieron Carlos se bajó para quedar de la estatura de ella y se dieron un piquito en la boca y después un abrazo y yo le leí los labios a él cuando le dijo “Cuidáte mucho mi amor”.

Mientras los pibitos agotaban las posibilidades de generar ruido sobre el ambiente una pareja, muy guapa ella, muy guapo él, se sentó en una mesita para dos y a mí me tocó atenderlos. Se ve que se estaban conociendo porque cuando fui a servirles las bebidas ella le decía a él, muy naturalmente pero a la vez con la seriedad que el tema merecía, que cuando se ve en la obligación de jugar con un niño sólo acepta si es para armar juntos un rompe cabezas o algo así, pero que no soporta eso de tener que inventarse personajes o historias para un juego. El le decía: “sí, a mi me pasa igual” con las manos juntas bajo el mentón como a punto de quedar inmerso en un estado reflexivo. Me los imaginé felices toda la vida.

Cuando terminó el turno uno de los motoqueros se ofreció a llevarme a la fiesta y yo acepté inmediatamente.

NO SE POR QUE LE DICEN GRILLO

No sé por qué le dicen Grillo, capaz que cuando chico se la pasaba saltando y tenía otra idea del futuro, allá lejos, contento, en los tiempos de su infancia en Santiago, con campo y familia. Ahora está en la bacha, siempre está ahí, fregando ollas, platos, vasijas, cualquier cosa. Hay un hueco que separa el salón de la cocina, ahí está Grillo, su silueta de costado, moviendo sólo las manos o sólo los dedos, parece lento, parece que inclusive no hace nada, que es mera presencia, pero lo mantiene todo al día. Por ese hueco nos sacan los platos con la comida lista, caliente, sabrosa y nosotros le devolvemos los platos por ahí mismo a Grillo cuando ya están consumidos y sucios; el mínimo pedazo de torta de chocolate, las últimas tres gotas de la gaseosa, las migas de pan, las ganas de vomitar se las dejamos a Grillo y encima también le tiramos tapitas, papeles, corchos, pelos. Todo muere ahí entre sus manos, con su silencio. Pobre Grillo, que hay que intentar saludarlo un poco más de tres veces para que responda, para que suba la cabeza hasta la mitad y uno se encuentre con sus ojos y no sepa qué hacer . Como siempre está en la bacha parece que la cabeza se le quedó colgando de frente al desague , ya no mira hacia adelante, como la gente, es Grillo.

La nueva casa de abuelo

No estuve presente cuando al final, digo al final de sus días, se lo tragó la tierra, sobre tierra en una estructura de acero o de madera o de mimbre, pero se lo fue tragando en pocas semanas hasta que sólo nos quedaron sus sandalias, su triste finca, mi abuela. Alzaron la bandera norteamericana, lo arroparon con ella, la doblaron perfectamente y a alguien se la entregaron, queriendo decir algo con eso. Abuelo no murió en la guerra de Corea, se lo devoró un cáncer, que lo encontraron cuando ya lo tenía regado por todo su sistema.
Acompaño a mi abuela a visitar su tumba. Han pasado pocos meses. Se agarra fuerte de mi brazo. Buscamos su nombre en el amplio césped cubierto de tumbas indiferentes, de poquísimas flores, sólo esa bandera prepotentísima izada sobre nosotras como iluminando el mundo.
Llegamos a él. Tanto tiempo sin verte -pienso-. 1923-2008. Te amaremos siempre. La garganta se ennudece. No sé rezar. La miro a ella. Sus pies quietos, delante de la indiferente placa que lee exactamente lo mismo que la del costado, y que la de la línea de al frente, y que miles más. Sólo la placa, del tamaño de una caja de zapato, su nombre, vida y muerte, la frase de tres palabras. Su nuevo lugar en el mundo. Abuela se acuclilla, recoje con sus manos una hoja diminuta que se posó sobre la J de su nombre. Me recuerda traer para la próxima visita, unas tijeras para cortar la grama que crece bordeando la casa de abuelo. Su nueva casa, donde está impresa su existencia.

La que limpia

...y la renta le faltan dos meses , la plata que entra no alcanza pa' na'.
Aventura, Amor de Madre (Bachata)

Dobla tres veces, de forma muy pareja, la parte de abajo de sus apretadísimos jeans, que dejan ver al observador la voluptuosa perfección de su figura. Se arrodilla sobre el borde de la bañera para estar mejor apoyada y con una escoba cepilla con fuerza el piso y las losetas hasta dejarlas resplandecientes. Se mira en el espejo del baño y se pasa la mano por el pelo, como con ganas de arrancárselo, luego de ser atacado por el sudor y el agua al mismo tiempo. Busca su cartera inmediatamente y saca unas hebillas para entubarse el pelo, de manera que resista, al menos, a las horas que faltan para regresar a su casa.
Agarra el cubo con los productos de limpieza y entra al próximo cuarto. Mira para afuera a ver si alguien se acerca, y enciende la televisión. Le viene una canción a la mente que tocan todos los días en la radio desde hace dos meses. Se desconecta del caso familiar que debaten en la tele, con sicólogos, siquiatras y astrólogos. Pero la deja encendida. Entona la canción de la mujer despechada y con el ritmo que acompaña las notas en su mente empieza a divertirse. Se mueve con soltura y rapidez. Dos pasitos hacia delante y brinquito con la pierna izquierda, dos pasitos para atrás y brinquito con la pierna derecha. Llevando el paso con toda velocidad barre el piso del 407.
Intenta poner el cubrecama y lo estira hasta una de las esquinas, lo estira lo más que puede y no alcanza, no es el tamaño. Se le sale la lengua, exhausta, suelta un suspiro agotador y su cuerpo se queda tendido en la cama, boca abajo. Se aprieta los labios con los dientes y la expresión de la cara se le desfigura, la mente en blanco, el sueño diurno, la imposibilidad de volver, de quejarse, de levantar la mano sobre su oficio, perpetuar el grito hasta el cansancio, limpiarse la mugre y la distancia, invadir las horas con una vuelta atrás y definitiva, restrellar el limpiador contra los cristales, mirarse sin reflejo, sofocarse bajo la ducha, hacerse agua y escapar por el alcantarillado hasta caer parada entre la muchedumbre que camina por las tiendas del Paseo. Camina con el cuello estirado, abanicándose con un ramo de billetes verdes, en busca de un juego de cuarto para el niño. Lo encuentra, hace la fila, tranquila, con todo el tiempo del mundo a sus pies de tacones rojos con brillo.
Llaman a María, ella es María, la llaman, se levanta de un golpe de la cama sin haber podido comprar aún el juego de cuarto del niño. El administrador del hotel le pide que vaya y le compre un refresco en la esquina. “Tengo que arreglarme el pelo primero, no pienso salir así” le dice María. “Pero vas a la esquina María”. María se dirige al baño, se para frente al espejo y evadiendo su reflejo se quita una a una las hebillas, se estira el pelo con las manos lo más que puede pero el pelo regresa a su estado natural. No tiene otro remedio, se va enfurecida a comprarle el refresco al Señor administrador que vendría a ser lo mismo que su jefe.
¡Sí! María encuentra otra canción en su mente, un tema popular de su país. Se divierte cantando, brinquito, termina de poner al fin la maldita cama. Vuelven a llamar a María, el señor se acerca, la mira de arriba abajo, de espaldas, se la come con sus dos pelotas de ojos hambrientos: “María, tienes que quedarte unas horas extras”. María saca la pistola, le pega un tiro en la sien. Le dice: “¡Te lo advertí hijo de puta, que emplearas a otra persona para hacer conmigo el trabajo! Pero María no tiene pistola y el hombre sigue su camino con el cuello bien estirado. Se resigna, y cuando está limpiando las dos copas de vino colocadas encima de la mesa-comedor del 407 suena su teléfono celular. El niño está enfermo, le dicen. 408, 409, 410... Faltan cinco horas aún para terminar. Apaga la televisión. Por un tiempo no le llega otra canción a la mente.






La niña de nueve años

El miedo de los nueve años y el pelo oscuro largo y descuidado se escapan por el paseo tablado en bicicleta. El pecho le brinca recorriendo la costa. La cara se le estira de emoción hacia los lados. Pedalea con fuerza, esquivando piedras y montones de pencas de palmas tiradas en el camino. Siente acercarse. La canción se le parte cantando, el tiempo comprimido, la extensión del mundo, la voz grande, la voz grande se aleja, pedalea más rápido, con más fuerza en sus piernas. El sol le quiebra la vista en una curva montañosa, y al atravesarla aparece inmenso el mar envuelto en un oleaje irreflexivo, intransigente, catártico. Los ojos de la niña enmudecen, se fijan misteriosos hacia adentro. Llueve. Llueve como nunca sobre su ropa vieja. Llueve con el llanto sin buscar donde esconderse o guardarse.

Las Dos señoras sentadas en el sillón

Sus pies enchancletados tocan con la punta el piso de cemento de la marquesina. Mientras los de una se acercan al piso, por el movimiento débil de su cuerpo en el sillón, los de la otra se alejan sin impulso. La masa corporal, la de ambas, se desparrama sobre la lentitud del día. La luz del sol, penetrante e hiriente, mantiene en calor el plato de la 12. Llenan sus bocas.
El dolor proviene de un lugar del cuerpo, pero no se sabe cual, no se conoce cual, no se ha visto nunca. Las venas, várices, salen por una ranura de la mecedora de hierro. Un pedazo de la bata, que llega a las rodillas, se enreda en el asiento y se entrevé una cantidad desproporcionada de grasa acumulada en la carne. El peso se establece sobre la creación de la vida doméstica.
Las dos señoras sentadas en el sillón aparecen al principio o al final de la calle de casitas viejas y despintadas. No importa cuánto tiempo transcurra, el cuerpo se mece como si nada. Desde el interior de la casa se escapan las voces de la televisión local. Hablan de algo sobre alguien que las señoras conocen porque lo han visto en la tele. Ellas comentan sobre el escándalo que sucumbió en la vergüenza pública la imagen de ese individuo. Una, lo ama como a un hijo, la otra sería capaz de matarlo por lo que le hizo a Esmeralda.
La brisa levanta la tierra y el polvo de la calle. Atardece. Se escucha el noticiero y les presenta con objetividad los sucesos importantes del día. Durante el único minuto que trata la situación mundial, las señoras comentan sobre las andanzas de la vecina de al lado, a quien aprecian.
Deportes. Hora de cocinar la cena. Deportes.

El Tecato

Que mi hijo no salga vagabundo, vagabundo que no.
Que no pase por mares tan profundos como los pasé yo.
-Buscar en El Gran Combo, Andy Montañez, La Fania, por ahí-

“Cuidado señora, se va a caer encima de usted. Si la guagua da un frenazo ahora, lo va a tener en su falda como un bebé.”
“Mira no, mejor me muevo de asiento. Y la peste que tiene, qué insoportable”.
-Dos turistas gringos lo miran con cara de espanto.
Mientras tanto el joven intenta agarrarse del tubo de metal, pero la mano no encuentra el tubo, cree que va apoyarse y cierra el puño en el aire. Se desbalancea. Con las rodillas dobladas su cuerpo va bajando en forma de zigzag. La cabeza se le cae completamente y queda colgando, sin tensión. Va cayendo, lentamente, todo su cuerpo desmotivado. Antes de caer, logra sostenerse en su propio eje, increíblemente, a pesar del movimiento. Parece estar sobre una tabla de surf, y en un sueño profundo va en busca de una gran ola. Allá está, lo logró, levantó su cuerpo sobre la ola gigante!
-El frenazo.
Reventó contra la puerta de salida en la parte de atrás de la guagua, al lado de donde dejó sus cosas. Se abre la puerta en la próxima parada, agarra su bolsa de Topeka y baja como puede.
“Por fin se bajó. ¡Qué peste carajo!”- dice la señora a la que no se le cayó el joven en la falda.

Que no se pierda mi hijo, que no se pierda, no.

La Guagua

El jolgorio está, el jolgorio está, bien por la mazeta, vamos a gozaaaar
wepa, wepa, wepa.
-Canción de trulla navideña-

Hace hora y media no pasa la guagua, ¡Hace hora y media que no pasa! ¡Este país de mierda! –pienso para mis adentros- y empiezo a comerme la uña del pulgar hasta liquidar las de ambas manos. Era de día cuando llegué y ahora es de noche. Es terrible, en una parada de guagua, ver como acontece ese suceso en medio de la inercia del tiempo. Los segundos son contados rítmicamente por el movimiento de la planta de mi pie, hacia arriba y hacia abajo, hasta chocar el piso, apoyándose del talón. Ese movimiento naturalmente se une con una pose fatal que se proyecta en diferentes lugares expresivos del cuerpo. Manos cerradas en puños sostenidas con firmeza a ambos costados de las caderas. Pecho levantado hacia el cielo, abierto de par en par, con una breve inclinación hacia atrás en la parte de arriba de la espalda. El cierre que completa cada detalle de la acción está puesto en la mirada obsesiva y criminal fija hacia el punto infinito donde se pierde la visibilidad de la carretera, en espera de esa guagua que debe estar por venir con sus luces encendidas, corriendo desesperada a buscarme a mí entre todas las personas y si no, si no, si no está de camino justo en el próximo segundo que viene después de mi pestañeo, si no, no, ¡Este país de mierda, y la gente no hace nada! ¡Puñeta, como es posible que las guaguas se tarden dos horas en llegar! ¡Es primero de enero y así comenzamos el año! ¡Carajo! ¡No puede ser, no puede ser que la gente no se indigne! Dos horas, fueron dos horas hasta que veo venir las dos luces encendidas hacia mi ser indignado y severamente molesto. Se abre la puerta y mientras hecho las monedas le clavo mi mirada obsesiva y criminal al chofer, y le pregunto el por qué de la excesiva tardanza. Para mi sorpresa, me contesta que hoy, primero de enero, luego de la despedida de año, fue él quien único se presentó a trabajar de los doce choferes de la ruta. Me calmo, comprendo que no será así todo el año, que se la vamos a dejar pasar a los choferes porque entendemos que aquí el vacilón y la bebelata es lo primero, y aún más en despedida de año. Es lo primero y lo segundo no hacer nada al otro día, sólo comer sancocho. ¡Que vivan nuestros choferes! Grito entusiasmada para mis adentros.

El Juego

Una mujer sola y en lo oscuro.
-¿Alguien escribió esto?-

Un policía con cara de tonto observa a María mientras ella cuenta, cada vez a más gente dentro de la guagua, de sus salidas a los casinos de los hoteles de San Juan e Isla Verde. En el casino del Hotel Intercontinental no se ve para afuera la luz del día ni se percibe cuando anochece. Un día le pasó, que en ese mismo hotel, se envolvió jugando y cuando supo la hora era la una de la mañana. Como las guaguas dejan de pasar temprano en la noche, encontró un espacio para dormir en el baño del hotel y ahí despertó. Muchas veces María corre con la suerte de ganar buen dinero en las máquinas. Ha sacado hasta tres mil dólares, y de tanto asistir y jugar en los casinos sabe qué máquinas están por dar los premios mayores, y cuáles te roban el dinero. Cuando no llega a dormir a su casa porque se envuelve jugando, como le pasó en el Intercontinental, el marido y los hijos la reciben entre expectantes y furiosos. Si llega con dinero se le van a todos las penas y cada uno reclama una porción. La última vez, el hijo mayor, de 30 años, le pidió mil y ella se los dio porque no hay nada que no haga por sus hijos. “Además que mis hijos no usan drogas así que uno les da lo que pidan, porque una sabe que no es para eso”- el policía asintió con la cabeza-. A punto de llegar a la estación de guagua María se movió un asiento para murmurarle a su conocida cuál era la máquina que iba a soltar el premio de 17,000 dólares esta semana en el Hotel Wyndham. Para María el dinero va y viene, pero a ella le encanta jugar. En el casino la pasa bien y cómoda, con aire acondicionado, comiendo sándwich y tomando refresco. “Yo, nena, no me voy a quedar encerrada en mi casa todo el día” dice María luego de explicar las contundentes razones que la llevaron a participar, casi diariamente, de tan placentera actividad: no bebe alcohol, ni ve novelas y el marido no la saca a bailar.



Las trinitarias

Las trinitarias

Minerva


Un chorro de agua irrumpe abruptamente sobre las noticias del día. Cae por una montaña de platos que velaron los últimos restos de una gran cantidad de gallinas. En un cubo de plástico gris, al lado del pequeño pozo de aluminio, donde el agua corre incesante, flotan sobre la espuma cuchillos y tenedores con cantos de habichuela incrustrados. Dentro del pozo también hay vasos de cristal, algunos con una mancha de boca roja que se fué con olor a cebolla. Minerva junta el jabón con el agua y se prepara para el maratón del mediodía. Los pies se le resbalan en el piso mojado y se apoya contra las esquinas de la madera. Se mete encorvada en un ámbito de sucio acumulado. Cuando el cuello de Minerva estira sus músculos para levantar la cabeza, las dos canicas sobre su nariz reflejan un horizonte próximo de persianas cerradas. Sus manos grasientas se hunden en los dos conjuntos de carne divididas por el sostén del delantal, donde deja plasmado el mapa de su memoria separada en tres actos. Exprime la esponja como si estuviera matando el tiempo y se dispone a fregar la olla de arroz pegado que dejó para el final.

Inhóspita

Voy a esconderme debajo del carro del vecino para no perderme el momento en que me pisan las gomas de tu bicicleta roja. Quiero ver el diminuto espacio de tiempo en que puedes pedalear sin la soberbia de aplastar como un truck mis manos abiertas sobre tu pecho hundido. No puedo perderme la intersección en el ángulo de tus piernas congeladas en la prisa. Mi cara está presionada contra la pared del piso tierroso sólo para compartirme sola el deseo de verte volar.
Podría encontrar un lugar menos infantil para salvarme, pero el juego de perderte parte a mi angustia de niña. El vecino quiere arrancar y no sabe que estoy esperando en carne viva que me inviten al balcón y me ofrezcan escuchar la radio junto a ellos, mientras tú no pasas por las calles que no te vieron nacer y que a mi me mataron más de una vez hasta ahora.
En mi casa todos se fueron y yo perdí la llave en el camino pensando en las plazas de tu ciudad. Bañada de un aceite verde con el que me quemaste, salgo reptando por el piso hasta la grama que separa la acera de la calle que vas atravesar sin que te vea. Los vecinos ya no son como los de antes y no me ofrecen tan siquiera agua ni un trapo para limpiarme de la mugrienta sed donde me he metido. Yo no puedo decirles que me den una mano y un poco de fuerza para montarme en mi bicicleta nueva.
Los otros niños del barrio no son como yo, están adentro de sus casas poniendo en orden sus cosas, haciendo sus tareas, ayudando en la cocina. A mi me cuesta demasiado estar adentro y provocarme el hambre que no nace de mi. Intenté antes entregar mi libreta sin borrones pero una y otra vez me auto corregía. Las cosas hace mucho tiempo me dejaron de pertenecer, por eso no puedo ponerlas en un lugar seguro sabiendo que no podré escapar del cuidado de estar sobre mí. Y no es que por esconderme aquí esté buscando el peligro o acomodarme en la tumba.
Sé que vas a pasar con las manos despegadas del manubrio para que yo te crea y entienda mejor que tu entendimiento que compito tan silenciosamente como antes y en soledad. Porque yo no soy como las otras niñas del barrio, me creo sin saber de su angustia encajonada en sus cosas y modales y en sus casitas de juguete con muchos cuartos y en sus palacios. Pero es cierto que yo también tengo una bicicleta nueva, como ellas, y tú no, y qué importa, si estoy tirada en la grama esperando que lleguen a abrirme la puerta porque tengo que entrar.



La felicidad de los columpios

Las manos se abrieron y traían de esas flores silvestres que se meten entre las rejas de seguridad de las casas, de las rojas rosadas con el pistillo amarillo y el polen. El recibidor de los pétalos y las líneas de una corta vida tenía poco tiempo transcurrido adentro de la tierra y una manera olvidadiza de agarrar las cosas con las manos. Así la pelota atrapada entre los cuatro pies tenía su propia historia hasta que por una confusión, de manera olvidadiza, el recibidor la pateó con la mano llena de pétalos y polen hacia el tercer pie esperando recibir algo a cambio. La de una corta vida inscripta en la palma de la mano, a quien pertenecía el primer y el tercer pie, reflejó una inseguridad infantil luego del pelotazo, amenazada de descubrir algo a cambio que la obligara a crecer y soportar de un golpe el alto vuelo sobre el columpio con la mirada de lejos distorcionada en el jardín secuestrado por cientos de pisadas. Al bajar lentamente se desató del sillín y plantó los pies desnudos sobre la tierra arenosa y contra el desnudamiento se acarició el pellejo de la cara hasta los brazos y estiró como pudo el cuello hacia lo alto, pero la luz insufrible del sol le cerraba la mirada con las arrugas extendidas en sus pequeñísimos ojos aguacate. Puso la mano resbaladiza sobre el lugar donde termina su espalda, alargó su columna en forma diagonal para fijar una posición y alcanzó a observar la desaparición de los edificios con la gente asomada de los balcones. Sujetando sus manos a las cadenas, el recibidor impulsó contra la tierra sus pies colgando de alegría mientras que por un acto violento sobre las quemaduras, entre el primer y el tercer pie se producía un charco de sangre sobre la tierra arenosa con la forma silvestre de las flores.

Sofía

Cuando Sofía tenía seis años y una cara de porcelana con pestañas larguísimas, su mejor amigo, Pedro, llegó una noche a su casa mientras dormía y se llevó con él, en una maleta de viaje los juguetes de ella, que eran pocos y susceptibles. El caballito de madera y la alfombra voladora no eran juguetes que divirtieran a Pedro y se quedaron en la casa de los Fuentes, la familia de Sofía. Así comenzó la historia de los desprendimientos en la vida de la niña y las trasformaciones del material porcelanoso de su cara mugrienta y curtida hasta en medio de la boca y las palabritas abstractas. De Pedro, hasta el día de hoy, Sofía no ha sabido nada. Su sueño ya no es que la alfombra levite con su peso por los cielos hasta encontrarlo. El no se llevó nada importante que el tiempo no haya podido abandonar por sí solo y con ayuda de sus viejos y la educación pública.
De la puerta para adentro Sofía no le miente nunca a nadie y permanece atentísima ante la desaparición de sus objetos de estudio venideros. Ella ya sabe que va a ser con su vida cuando su misma voz se le vuelva insoportable y los zapatos le revienten los dedos. Será que puede moverse de ese medio pulverizado y lleno de humo y ventanas rotas. Su pasadizo es casi siempre el sueño y la cuerda finita, larga y de hilos sueltos. Pedro seguramente está bien escondido y apenado, con la cara hecha mierda y una botella de cerveza atragantada. Lo que Pedro quiere saber no se lo ha dicho nadie ni se le aparece en las noches mientras duerme.
Entre Sofía y Pedro hay un espacio hundido con juguetes insalvables, vidas cerca de una oportunidad y juguetes de los que no se salva nadie.

PAPA

Hubiera querido avisarte y decirte: “Cuidado papá, que no se te escape el perro”, cuando te ví saliendo de tu casa y dejaste el portón semiabierto porque seguro te distrajiste pensando en alguna cuestión del negocio. Como yo estaba lejos no podía ayudarte y respiré hondo y cerré los ojos para concentrarme como si eso pudiera calmar tu ansiedad o pudieras sentirme cerca y escuchar lo que estaba tratando de comunicarte. Porque sabía la manera en que luego ibas a extrañar cuando el perro se recuesta en tu cabeza, sobre tu cuello y te lame las orejas y te despierta en medio de la noche junto con el ruido de la televisión prendida. No sé por cual otro placer ibas a intercambiar el de las tardes de arroz con salchicha y las siestas que empiezan un minuto después del último bocado.
Un día como hoy es un día cualquiera pero yo hubiera querido llegar donde ti con una botella de vino y brindar aquí, en medio del tiempo que vuelve y toma vida con las canciones que aprendimos a gritar debajo de los túneles.”Es el perro el mejor amigo del hombre papá?” Tú te hubieses inventado una historia argumentada para decirme que rotundamente es o no es o que no te importaba.
Yo con los perros me empecé a llevar bien desde que conocí a uno bien callejero y le puse de nombre Papote; me acompañaba al trabajo y regresaba sólo a la casa, pero un día que no tenía comida para darle me mordió como una fiera salvaje y tuve que negarlo, decir: “no, ese perro no es mío.” Pero a mi no me faltó la comida, por suerte, ni los paseos. Y tuve la dicha de verte caer de los patines como un niño. Tuve la dicha de verte caer, por suerte, porque para mi también es un valor la caída.
Después tuve una perrita que apareció al frente de la puerta, y es larga la historia, pero en fin, ya no podíamos vivir juntas ella y yo, y simplemente la regalé. Nuestro tiempo juntas fue bastante extenuante porque ella era un bebé y yo no estaba preparada para eso. No se me hubiera ocurrido hacerle esos desayunos gigantes de los que yo gozaba cuando era niña o tirarnos las dos juntas a ver una película y decirle: “Esta película me cambió la vida”, ni a ella le iba a interesar robarme ningún libro y aprender por su cuenta, ni hubiera querido ser como yo, y jamás iba a poder insistir porque tenía plena conciencia de que lidiaba con un perro. Pero tú tampoco querías que fuera a tu semejanza sino una mujer realizada e independiente. Y con lo que me costaba crecer y hacerte creer que me construía un camino y que ya no le tenía miedo a mirar debajo de la cama. Pero a veces veo todavía unas luces verdes en la oscuridad que forman tu silueta y eso no me asusta, al contrario, después sueño contenta que me dices: “Mi amor, eres maravillosa” y se me van todos los miedos del mundo y se me hace imposible sentir dolor.
Yo no necesariamente quiero tener otro perro porque he tenido estas desilusiones que te conté. Pero en parte, unos años después, me doy cuenta de que quería un perro porque a ti te gustaban mucho y porque me daban un poco de seguridad en esos barrios donde vivía y por los que tú no estarías ni remotamente cerca para salvarme. Quisiera que cuando puedas, revises entre las cosas que has perdido con el tiempo y me digas si entiendes que te he quitado algo, porque yo te juro que no quería apropiarme de tus cosas, pero tal vez se me ha hecho muy difícil y así como los perros haya una lista interminable.

LA COMPRENDEDORA


Está tan nerviosa que mete los pies debajo de la silla y aprieta cada uno contra las patas, se come los dedos, de vez en cuando escupe, comenta estupideces y se arrepiente tontamente como si pudiera intentarlo otra vez, está a punto, y escupe. Su hermanito la busca en la mesa con cara de payaso para sacar su alegría, pero se frustra, no puede, y empieza a darle golpecitos a la mesa con el tenedor y con la boca muy floja para abajo. La mamá, después de la comida, recoge su plato lleno de las tres comidas del día, que se las fue juntando sobre el mismo plato. Ha habido veces que el plato de comida de Rocío sobrepasa un poco la altura de ella. Cuando por fin, decide que Rocío se puede retirar de la mesa ella logra poner un pie frente al otro y camina hasta su pieza, cierra la puerta despacio, prende todas las lucecitas grandes y pequeñas, abre las puertas del balcón de par en par y rebota contra el viento que entra en la tarde haciéndose noche. En la pieza Rocío no se come más los dedos y su voz sale de un cantazo para afuera como vomitando un relato elástico que se pega a las paredes. Rocío se quita su ropita, se pone un traje verde y se queda inmóvil, descalza, con la boca murmurándole palabritas hacia adentro.

Cuando Rocío era todavía más pequeña creyeron que iba a ser una niña inteligente, pero lo primero que perdió Rocío fue la vergüenza y la capacidad de aprender cosas de memoria. Tiene una mano bastante más grande que la otra y los latidos del corazón un poco débiles. Pero del corazón no se da cuenta nadie porque está metido muy para adentro y es un lugar oscuro. Lo de la mano sí es muy notable y los otros niños temen que esa mano grande contenga la fuerza de la mirada de la niña y por eso nunca la invitan a jugar, además porque dicen que Rocío es una pesada. O al menos eso le dijo su mamá hace unos días en la mesa, durante la comida, cuando, como siempre, están una frente a la otra con el centro de mesa entre medio.

Rocío no le pide a Dios nada antes de acostarse, ni lo busca, ni le dedica su tiempo, porque Dios es el mejor amigo de mamá y ya con mamá tiene suficiente. Con la mano grande Rocío escribe en la noche, juntando palabras del día que le quedaron en la cabeza y recuerdos donde aparecen sólo el principio o sólo el fin. Son muchos los papeles archivados en su caja verde, que tiene escrito con marcador: “ver de rocío”.

Los días de Rocío no son fáciles ni difíciles pero son complejos. Tienen un pequeño mounstrito que le quiere hacer reír inútilmente y un centro de mesa para que mamá no vea en ella la cara de papá. Tiene pruebas de memoria en la escuela y niños que no quieren jugar con ella porque tiene una mano bastante más grande que la otra.

Juventud


Quiero la puerta cerrada, flores silvestres en el balcón, alguien que pronuncie mi nombre desde la calle, un gatito que me busque cuando quiera. Botar lágrimas, cigarrillos, botellas, aburrimientos. Esperar que crezca el pelo hasta la cintura, mecerme en el sillón, alcanzar adolorida el diario. Quejarme, quejarme, perder el olfato. Poner el plato de leche debajo del piano, tentarme a lamer, jugar con las sombras. Compartir con el patio la historia, sufrir el sol, sufrir la lluvia, mecerme. Buscar palabras duras, finales, cuchillos en el armario. Llevar vanidosa una flor amarilla en la oreja, perder los ojos.

El campo

Una gallina corre despavorida intentando escapar de las crueles manos de mi abuela. La atrapa, la mete en la pileta, le corta el pescuezo, le arranca el plumaje. La gallina será velada en el fogón. Todos estamos de acuerdo. Nuestras narices se prenden en fuego durante la espera. La tarde nos quema en su vitrina. Los estómagos se comentan sus deseos. Mi abuelo propone un partido de dominó. Sólo ellos cuatro se sientan frente a frente en torno a la mesa. Mi tío se recuesta de la media pared que separa el balcón, pero es tan flaco que no sé si está de frente o de lado. Sus malos chistes me hacen estallar de la risa. Mi abuela le lleva un vasito de caldo de pollo que bota humo, pero él ya comió. No es más que un sorbo -dice mi abuela-, y lo pone a su lado. Nadie más sería capaz de rechazarlo, sólo mi tío, que no tiene incorporado ese placer. Déjalo negra, sino quiere no quiere –dice mi abuelo desde su silla- mientras se las echa de que va ganando la tercera partida. Pero a mi abuela le cuesta aceptarlo. Regresa a la cocina y le busca una cervecita bien fría. Mi tío la agarra como a la mujer que no regresó jamás y se bebe impaciente los olvidos de la guerra.

Ella se va hacia el fogón, que queda un poco retirado de la casa levantada por las fuertes manos de mi abuelo, justo por el caminito de cemento que él también construyó. Mientras camina, van quedando atrás y hacia los lados, las matas de plátano, las flores de la estación, los árboles de toronja dándonos sombra. Cada vez se escuchan menos los boleros del ayer, las carcajadas en el balcón, las discusiones por la calidad del vino, las obras del último gobernador.

Luego de velar la gallina, mi abuela, sin peder su vocación de maestra, endereza el letrero que abre los portones al ilusorio parador El Batey. Se ríe sola pensando en esas locuras de mi abuelo. Recuerda cuando hace más de cincuenta años se enamoraron en un ritual del pueblo, donde hombres y mujeres circulaban alrededor de la plaza en direcciones contrarias, para encontrarse, para siempre. El la observó con sus largas trenzas taínas que le llegaban casi a la cintura, una cintura apretadísima a la que no se pudo resistir. Pero a mi abuela nunca le importó demasiado verse bella, en cambio mantuvo intacta su fe en otros valores y en la importancia de la comida, en el cuerpo, en la vida.

¿Ya está listo? -gritamos a coro cuando la vemos picando la gallina-. Uno de los más pequeños corre hasta ella y nos devuelve gozoso la afirmación. Mi abuelo ganó todas las partidas, está contento, va hacia el tocadiscos y sube un poco más esa canción de Daniel Santos. Bordea con sus brazos mis hombros y me señala un horizonte de montañas y tierra sin trabajar. Trata de aguantarse la lengua pero no puede, se decepciona otra vez de su país -¿Para qué? si aquí no se trabaja la tierra- contesta a una inocente pregunta. El plato de arroz con habichuela, pollo, amarillos y aguacate por el lado, se acerca a mi abuelo a través de las hermosas manos de mi abuela. El le pide sal y una coca cola con hielo. Mi tío se despide, dice que nos vemos en navidad, pero le quedan flojas las piernas y tarda un poco en irse. Nadie más sería capaz de negarse a saborear los restos de la gloria, que hallaron en la finca luego de ser destrozada por los huracanes. Busco una silla para ubicarme en una pequeña mesa. Al ver el plato de comida, mis ojos engradecen como para abarcar en ese detalle la historia de mis viajes al campo. Mi familia y yo nos miramos unos a otros con una sonrisa cómplice. Sabemos lo que haremos desde el primer bocado, rendirle homenaje a mi abuela, a sus increíbles manos, a la belleza que conserva sin sus largas trenzas y con una cinturita un poco más grande. .











Vigilia


No le sabe a nada. Se quedó esperándolo en el café de la esquina que abre 24 horas. Estaba tan casada que se le cayó la cabeza sobre un libro para aprender de costurería. Se le fueron rodando los ojos a la mantequilla y eso le supo a mierda. Se acercó a los límites guardados en los armarios. Sacó bolsas, estupedeces escritas, veranos simultáneos, presencias omitidas. Se vistió de paciencia y le enterró alfileres a la punta de sus dedos mojados de aceite. Cuando ya no sabía que más sacar del armario se metió en un rincón. Había una cantidad de formas expandidas que solo podían disponerse en un salón. Le faltaron ganas para seguir, pero solo le hacía falta detenerse para que las cosas dejaran de estar.
Tomó tanta agua como pudo y empezó a cantar. Se paseó por los espacios, el mundo se ensanchaba, respiraba los días descontados, tocaba el hilo conductor de las palabras, se apretaba fuerte a la cintura las telas de aire. Subió bailando las escaleras y asomó su voluntad instalada en el balcón de columnas griegas. Su cuerpo era interceptado por una pregunta construida con signos. Volvió entonces a localizar una respuesta afirmativa, pero una idea del dolor le caminaba por sus pies hasta su boca. Con la fuerza que tenía se arrancó toda la ropa, la dejó caer sobre el viento y repitió con su pecho el nacimiento de una ola.
Nuevamente armó su trayecto en lugares habitados. Se sentó frente a la puerta que daba hacia las demás casas y troncos de árboles con ramas, tierra. Escuchó su voz, se fué para adentro y lo vió quieto como un juguete de madera. Le contaba sobre sus visitas y de por qué ya no mantenía relación con ninguno. Pero él no la pudo entender y ella lo tiró contra el piso. Revisó unos temas que tenía sobre la mesa, y decidida, se precipitó sobre uno que no trataba de costurería. Estuvo horas atravesando el puente en la lectura. Tambaleaba. Aferraba sus brazos a unas sogas para nivelar el peso del cuerpo y cada gota de lluvia.
Un grito ajeno se apropió de las trampas de hilos. Le indagó devestida sobre el agujero de preguntas. Ella se negó a contestarle. Con el tiempo, pudo negar cada una de sus preguntas. El puso en sus manos un cajón donde seguir guardando. Le pisó los pies sin cuidado, por torpeza, y se adelantó a morderle de la boca un beso.

Espacio

Mañana te vas, pero mañana será solo un escondite (pensé).
Durante ese tiempo en que no te encontraba comencé a llegar temprano a todos los sitios. Cuando estaba adentro (el interior) era todo lo que existía en el mundo. Me sentaba siempre al frente, o siempre cerca, o de lado, como mejor me pareciera observar, y escuchaba muy atenta. Sabía qué responder cuando lo hacía. Me callaba cuando me confundía con las palabras, y me iba. Por eso a veces no podía apreciar largos momentos o momentos importantes, porque prefería irme a desentenderme.
Lo que habíamos hablado hace un tiempo atrás ya no me hace sentido, he entrado a tantos lugares pero no he dicho tantas cosas. A veces me preparaba mal para el discurso, me preparaba para una gente que no me iba escuchar. Quiero decir que quería transmitir otras cosas que no eran precisas al momento ni a la gente, ni a como estaban configurados esos espacios. Por eso ahora me parece que la vida no tiene sentido ni nada, que no era lo que habíamos pensado, y las cosas, buenas o malas, no sucederían un buen día de repente.
No llevábamos tanto tiempo juntos porque sí, ni nuestra violencia fue aumentando porque no quisiéramos escuchar ya la versión de cada uno. Yo tampoco me estaba apagando o deteniendo, parecía que me estaba apagando y por efecto deteniendo. Lo que sucedía era mucho peor y tenía que salir de todos los sitios de donde entraba. No se de donde sacaste tanto valor para decirme lo que percibías cuando te encontrabas conmigo, mientras yo me asomaba, al tiempo que giraba la perilla. Estaba a punto de recibirte de vuelta, de hacerme escuchar, pero seguí caminando porque pocas cosas hoy día tienen remedio, y yo no me he acostumbrado a nada. Quería enseñarte las cosas terribles que había escrito esos últimos años para que acabaras comprendiéndome, por que el tiempo sigue pasando y tal vez una mate a la otra. Pero ya había desistido de esa necesidad de expresarse que tiene uno, y prefería empezar una vez más por cuenta propia, aunque al fin y al cabo me importara cada vez menos.
Cuando tenía acceso y me exponía, e intercambiaba a veces inclusive versos, tenía la sensación de que me estaba acercando, para observar, y para convertirme en el objeto que quería. Pero durante el recuerdo la apreciación de los hechos era muy diferente y no podía reconocer a que ideas se acomodaban mis criterios.
Pienso tanto en ti cuando desaparezco, cuando no me queda ni una última palabra.
De esta manera se fueron acumulando los silencios. Me entretenía con los sonidos y con los movimientos. Ya nos habríamos quitado de encima la intención de interpretar la escena en el centro, de participar en la construcción de la historia. Se nos habrían ido tantas ganas de todo. Pero era normal, tenía que suceder, un día habríamos de sentarnos, y de observarlo todo, por más ansiedad que nos provocara lo observado. Por eso te agarré la mano fuerte. Pasó un rato de risa y te vi a ti también interpretando. Te dejé de querer, te solté para siempre. Comprendí que tú te divertías aún más, que era otra la trama que se proyectaba desde ti. Por eso, o de ahí, el por qué de tus destrezas, la incapacidad de asombro, la naturalidad de tus escritos y de nuestros encuentros.
Me entregué completamente a los viajes que conllevan horas, pero siempre al lado de la ventana, no importa el medio, pero sí la ventana. Ya no sabía más nada de tu vida, pero por alguna razón todo se transformaba cuando alguien se sentaba junto a mí y me viraba, para mirarte y despedirme. Tú tenías tantas cosas que decir. Yo tenía tanto tiempo perdido.
Esa carencia me fué llevando a las cosas desconocidas. Me fué abriendo paso a casi todo. Compré pasajes a diferentes países, boletos de muchas funciones que me interesaban. Siempre trataba de llegar a tiempo. A veces una interrupción bloqueaba el ritmo de mis pasos consecutivos, bajo la luz tenue, con frío, ganas de regresar y quedarme. Pero pude entrar a lugares que ya tenía contemplados, me incorporé al sonido… al movimiento, para ver y sentir lo que quería.
La posibilidad de llegar, abrir la puerta, saludar a todos y encontrarme con que las cosas habían cambiado de la mejor manera, como las circunstancias se iban acomodando para traerme de vuelta. Pero parte de la realidad que se agrandaba en medio de la espera y aquello que sucedía cada día respondía a una vida sostenida por un profundo silencio. Reconociendo el silencio y las características que me impuse para sobrellevarme no podía creer que mis deseos no se hubieran accidentado y que no tuviera porque irme corriendo a contártelo todo.
Quería ser como ella y no quería que supieras lo que me costó intentarlo. Pero ella está hecha de intenciones, de músicas que le dan la vuelta, de inhalaciones profundas, de palabras directas al hígado. Por eso siempre estoy preparada para lo peor; no me permite el silencio, ni el sueño, ni la distracción. A veces me sorprendía a mi misma argumentando absolutas incoherencias, y luego, tan llena de nervios, loca por que volvieras, terriblemente sola, y por más que tratara no podía convencerme de las ideas que habían progresado en mi mente, de las ideas que se habían materializado en mi vida.
Casi siempre estuve a punto de alcanzarlo, y en demasiadas ocasiones corrí el peligro de perderlo todo. No tenía la certeza de que luego de alcanzarlo me fuese posible negarme a aceptar los presupuestos que asumieran mi dirección. Me dirigía más a ella, aunque al final de muchas noches me descompusiera en su estructura y la intención de aparecer no valiera nada. Quisiera creer que muchos recuerdos son invenciones mías, pero la facultad de la memoria me obliga a discernir de la apariencia y a no dejar de quererte nunca. En efecto fue un simulacro todos los gestos de alegría, y los otros besos, y diferentes afirmaciones que fracasaron. Me hice de la vista larga, me olvidaba de importantes conversaciones y me negué a transmitir lo que verdaderamente tenía para mi mayor significado que participar de un lenguaje en común.
Me sentía físicamente destruida. A veces, aunque sintiera que no podía más, y me arrastrara por el piso hasta la puerta, intentaba convencerme de que un día podía ser yo quien decidiera a que lugares entrar, sin quedarme encerrada con fuertes impresiones. Dejé de visualizar mundos ilusorios en mi mente, sin saber que tendría consecuencias fatales, y que ya no podría experimentar el goce de encontrarte cuando me fuera necesario. Porque tu dejarías de quererme basándote en razonamientos inclinados a la normatividad de tu experiencia. Ya no sería posible apoyarte en el borde de la cama para observar mis tendencias y practicarlas luego en una secuencia de imágenes desencontradas. Te levantas de la cama, y aún destruida empiezo a vivir sin ti.
Llegué, ya comenzada la segunda escena. De camino llovía muy fuerte, así que llegué poco a poco, entre y salí de varios lugares evitando el frío, la urgencia, la motivación circular. Entre y salí, lo hice casi sin darme cuenta, y de repente ya estaba aquí, sentada, admirada, atenta. Llegando el final me daba cuenta de que no quería volver, sino partir, pero ningún esfuerzo de acercarme concretaba mi equilibrio.